v

No ha vuelto a derramar lágrima alguna desde que aquella sensación invadió su cuerpo. Espera vanamente que aquella voz retumbe de nuevo en su cabeza pero lleva tantos días esperándola que no discierne si fue fruto de su imaginación o tan real como las náuseas que hacen que la bilis y saliva atraviesen su garganta como un puñal, desgarrándolo por dentro.

Desorientado, apenas distingue la vigilia del sueño y a duras penas puede moverse. Cada segundo que pasa intenta arrebatarle de las manos el último hálito de vida que le queda.

Cierra los ojos y puede sentir como algo se escapa entre sus dedos.

«En el nuevo mundo ya no habrá dolor ni pena» Le susurra alguien al oído.

Sumido en la sombra puede escuchar cómo rompen las olas contra las rocas mientras el viento lo despeina. Siente cómo los rayos de sol acarician su piel y cómo la arena se escurre entre los dedos de sus pies. Esboza una sonrisa que se escapa por la comisura de sus labios convirtiéndose en una carcajada enajenada que resuena con fuerza en la habitación.

Ríe con fuerza. Retorciéndose de dolor, se deshace cianótico en el suelo en un último suspiro.

Un foco de luz tenue baña la habitación. Vacía.

IV

Se ha despertado tarde, como cada mañana desde hace meses. Se reincorpora y permanece un largo rato con el despertador entre los dedos, sentado sobre la cama, deshecha.

La habitación del apartamento es pequeña y está impregnada de un olor rancio que tapiza las paredes. Una bombilla desnuda pende de un hilo desde el techo, inerte.

Apura un vaso de agua que había dejado sobre la mesita la noche anterior y se queda mirando a un horizonte inexistente, sumido en el silencio de la habitación.

Sin encender la luz, camina torpe hacia el baño y apoyando todo su peso sobre el lavabo, acerca su cara al espejo.

Limpia las gotas resecas con la mano, y se observa durante unos largos segundos a través de los dos ojos marrones que se dibujan en el reflejo. Tiene los ojos enrojecidos y se le dibujan surcos en la piel.

Sentado en la taza del retrete, prende un cigarrillo entre sus labios e inhala con fuerza para después exhalarlo lentamente a través de la nariz, sintiendo como se consume calada tras calada. Apura hasta la última bocanada de humo y lo mantiene en la boca. Cerrando los ojos, expele por última vez mientras el filtro se asfixia lentamente quemando sus labios.

Recorre el pasillo hasta la cocina y abre la nevera en un bostezo. Coge un cartón de leche del fondo del primer estante pero apenas queda para rellenar medio vaso. Enciende el televisor y se sienta a la mesa, apoyando la cabeza sobre sus manos.

Oye las voces del noticiero veinticuatro horas, lejanas. Se rasca la barba y presiona sus ojos cerrados con los dedos. Apura su vaso de leche y se dirige de nuevo a su habitación.

Abre la persiana con tedio, acostumbrándose a la cegadora luz del sol de invierno. Los cristales están empañados y únicamente distingue, vagamente, la silueta de los deshojados árboles plantados en las aceras. Una pequeña ráfaga de aire se escurre entre las bisagras mal ajustadas de la ventana helándole los pies, erizando hasta el último pelo de sus piernas.

No hay mensajes nuevos en el contestador.

III

Hace días que perdió la noción del tiempo. No sabe cuántas vueltas han dado las manecillas del reloj desde que está allí, pero parecen haberse detenido.

El olor es insufrible, con el pelo encharcado de su propio orín y las manos manchadas de mierda y sangre seca, escucha los latidos de su corazón, tumbado boca arriba.

Nota un ligero hormigueo en la punta de los dedos de sus pies que se extiende con lentitud, trepando por sus tobillos. Cae una pequeña hilera de sangre de sus labios cuando esboza una sonrisa. Debe estar delirando, piensa cuando esa extraña sensación sube por encima de sus rodillas y repta hacia sus ingles.

Siente cómo flota en líquido amniótico, como millares de cordones umbilicales salen de cada uno de los poros de su piel alimentándose de ese calor.

Vuelve a sentir los dedos de sus manos y se toca las orejas, palpa sus mejillas y se enmaraña  el pelo sumido en el orgasmo más intenso que ha sentido en cuarenta y dos años.

Un fogonazo de luz cegadora ilumina la habitación dando un latigazo a sus desacostumbradas retinas. Cuando abre los ojos de nuevo sigue sumido en las tinieblas.

Una lágrima dibuja un meandro en su mejilla y de nuevo ese destello, que hace que esta vez, caiga de bruces al suelo.

« Al principio, el aliento de Dios se arremolinaba en el corazón de las tinieblas, y las tinieblas cubrían el abismo. Dios Dijo, “Hágase la luz”, y se hizo la luz».

Las palabras resuenan en sus oídos con fuerza. Con el frío de nuevo apoderándose de su piel, esa voz grave y cálida se aleja y se pierde en la infinidad.

Hubo mil noches y una mañana.

Aquél fue el primer nuevo día.

II

Golpes, insultos, sangre, lágrimas.

Lleva poco más de una hora despierto pero desearía no haberlo hecho nunca. Apenas una hora y ya echa de menos su cama deshecha, la bombilla desnuda balanceándose en la solitaria habitación, las facturas sin pagar acumulándose en el buzón a medida que caen las hojas del calendario.

Recorre la habitación a tientas, palpando con los dedos desuñados cada uno de los lisos milímetros de pared.  Da vueltas en círculos, golpeando y maldiciendo.

Se dobla sobre sí mismo al toser pero vuelve a incorporarse sobre sus pies desnudos para volver al punto de partida pero ahora todo parece haberse hecho más consciente, más humano, más amargo.

I

Exhala una bocanada de vaho pero no la puede ver.

Tiene los dedos entumecidos y los labios hechos jirones. Respira hondo por la nariz.

Rinorrea en si bemol a ritmo de unos cornetes que se calan, desafinados.

Apoya su espalda contra la pared ajeno al confinamiento. Vasta oscuridad en menos de diez metros cuadrados. Vasta ignorancia.

Intenta articular algo pero de su interior sólo emana un grito ahogado que se pierde antes de que sus párpados hayan caído.

Oscuridad.

TOO MUCH. TOO YOUNG

Suena el despertador pero llevo un buen rato despierto. Los ojos pegajosos por las legañas. La boca seca. El aliento gatuno. El cuerpo sudoroso y a medio tapar.
¿La cabeza? La cabeza debí perderla anoche. No me acuerdo de una puta mierda.

1. Resaca

Me muevo a tientas por la habitación y busco el móvil sobre las estanterías. Libros. Un frasco de colonia. Tiro algo al suelo. Las 17:02.
Miro dentro del bolsillo interior de mi abrigo y saco la cartera. DNI, tarjeta sanitaria, billete de metro con tres viajes, un condón que lleva ahí desde no sé cuándo y calderilla.
¿En qué coño gasté toda la pasta anoche? Hago cuentas pero no me cuadra nada. La verdad es que como decía mi abuela, no se le pueden pedir peras al olmo y yo no recuerdo nada a partir del segundo chupito de tequila en elStrog. Esa cosa me deja el estómago hecho polvo. Un polvo es lo que necesito.
Me quito los gayumbos y me meto en la ducha. El agua tarda en ponerse caliente. De mientras echo una meada. Huele a destilería.
Odio salir de la ducha porque me estoy cagando, la taza del inodoro está fría todos los días del año; nieve o apriete un calor de la hostia. El papel se te deshace en la mano y no es raro que se te quede un pedazo de ti enganchado entre los dedos.
Piensa en ello cuando te metas debajo de las sábanas a oler tu eau de rochas.
Me miro en el espejo y la verdad es que no estoy tan mal.
He de darle un repaso a eso de ahí abajo, cuando uno no tiene novia o folla muy esporádicamente suele descuidar esos aspectos.
En la nevera hay un tupper con algo que parece ensaladilla, pizza precocinada, unas latas de cerveza y poca cosa más. El mero hecho de abrir una lata de birra y olerla haría que me entraran náuseas. Cojo la jarra de agua y bebo hasta que me duele la garganta. Está helada.
Enciendo el ordenador y retiro las sábanas de la cama. Abro la persiana de mi habitación. El sol despunta desde arriba atravesando mis pupilas como si de balas con dirección hacia mi cerebro se trataran sus rayos.
El vodka, el tequila, las birras y no sé qué más pude beber anoche actúan sobre la vasopresina secretada por la glándula suprarrenal. Cuando la acción de la vasopresina falla, el riñón elimina más agua de la que se ingiere provocando una deshidratación de la hostia en todos los órganos. Meninges incluidas. Me cago en las meninges. Cuando estés de resaca acuérdate de ellas.
Llevo años automedicándome contra la resaca a base de ibuprofeno, paracetamol y vasos de agua. Es una sensación extraña. Aún teniendo la barriga hinchada como un balón de playa sigues teniendo sed. Es desesperante. La verdad es que no sé ni si es sed, sólo que necesito más agua. Apuro la otra mitad de la jarra de una sentada.
Pongo una canción de los Airbourne lo suficientemente alta para poder escucharla desde la cocina.
Meto la pizza en el microondas.

“Too much, Too young, Too fast
I’m gonna drink it up while it lasts
Too much, Too young, Too fast
I’m gonna tear it up so fill my glass”

¿Cuatro quesos? No me jodas. Cada día las hacen peor. ¿Qué me dices de la abuela que sale en los anuncios sacando una pedazo de pizza recién hecha de un horno de piedra? Seguro que esa jodida se ha quedado los otros tres tipos de queso. Publicidad engañosa que le llaman. Y tan engañosa.
Cuando vivía en casa de mi madre solía tener sobre la mesa cosas que realmente entraban por los ojos los sábados de resaca. Digo por la vista porque suelo tener las papilas bastante adormecidas los días como hoy.
El verano era una época cojonuda para pegarse unas buenas juergas. Los mejores días del año. Ni navidad ni mandangas. La televisión y sus anuncios navideños no podían engañar a la estación de los escotes y los días largos.
Los escotes, tío. Eso era lo que marcaba la diferencia. Pasear por la facultad y ver como día a día las mujeres embellecían con cada rayo de sol, con cada milímetro de mercurio que ascendía a través del termómetro, con cada mirada cómplice entre colegas.
Todavía me acuerdo de Laura, la tetanque. Menudas peras gastaba la muchacha. Lejos de alardear de ellas como habría hecho yo si fuese una mujer las intentaba esconder. ¿Complejo? A mí qué más me daba, yo sólo quería tirármela. ¿Querer es poder? Me río de los grandes aforismos.
Me llevo el último trozo de pizza a la boca. Está fría y acartonada.
Todavía no me he puesto unos calzoncillos limpios. Me gusta sacar a pasear el pajarito de vez en cuando. Aprovecho para masturbarme.
La peña está fatal. ¿Quién coño quiere pajearse con tías peludas o embarazadas? Me da una grima que te pasas. La verdad que el porno de ahora no es como el de antes. Bueno, en realidad sigue siendo la misma mierda que hace diez años pero quizás lo vea con ojos diferentes. Dónde habré dejado los kleenex.
Prendo un pitillo entre mis labios e inhalo. He vuelto a fumar tras tres años de abstinencia. Por aburrimiento. Eso quiero creer. Exhalo.

 

Memorias de un viaje en tren

Los rayos de sol que consiguen atravesar el vaho de los cristales bañan los asientos. <<Castellón>>. Los párpados le pesan y la imagen se desdibuja, lentamente. Se revuelve en su asiento y sacude la cabeza; se quita las gafas y se rasca los ojos; inspira profundamente y sube la música de su reproductor.

Con la manga de su jersey limpia el cristal y mira hacia el exterior. El mar parece que está calmado aunque el viento golpea con fuerza la ventana. Noviembre.

 

Se reincorpora en el asiento e intenta enfocar la mirada frunciendo el ceño y achinando los ojos. No sabe cuánto rato lleva dormido. Busca entre sus piernas las gafas y se las coloca sobre la nariz con un dedo. <<Valencia>>.

El muchacho juega con sus dedos, nervioso. La mira embelesado a través de la imagen difusa que se refleja en el cristal.

Un gorro de lana azul cubre su melena de pelo rojo y pajizo;  puede contar las pecas de sus mejillas en la eternidad que dura esa mirada. Ella sonríe y habla con la mujer que está a su lado. Ni siquiera repara en ella en un principio.

No hay titubeo somnoliento, no hay hambre ni aburrimiento. Una pastilla de speed envuelta de piel blanquecina y un trench aterciopelado hasta las rodillas.

Disimuladamente ladea la cabeza y la mira directamente. El corazón se le acelera y parece que deja de latir en el momento en el que se encuentra con esos ojos grises clavados en sus pupilas. Nota su pulso en el pulgar cuando presiona la tecla para cambiar de canción; cabizbajo. Parece que ya ha oscurecido.

 

Baja el volumen hasta el mínimo con un movimiento seco e imperceptible. No entiende nada de lo que dicen pero elije la canción que habla sobre el acento francés aderezado con café. <<Alicante>>.

El joven disimula y hace que echa un vistazo al final del pasillo, en el segundo plano que queda tras el hombro de la chaqueta de la señora.

Dirige la mirada hacia la pantalla de su teléfono y aprovecha para mirarla de nuevo. Aprieta los dientes lentamente. Los ojos que se dejan entrever entre dos mechones de pelo rojo le apuntan directamente. Ella deja de sonreír y traga saliva. La guerra de miradas apenas dura un par de segundos pero son capaces de aislar todo un universo dentro de un pequeño vagón.

<<Alicante>> repite una voz radiofónica.

La señora la coge de un brazo y le dice algo inteligible a los oídos del que está frente a ellas mientras se levantan.

El frío se cuela a través de los pantalones del chico y se estremece en un escalofrío.

La mujerona coge el equipaje que hay sobre el portamaletas de encima de los asientos y le da una pequeña mochila y una especie de bastón blanco a la muchacha.

Mientras golpea uno de los asientos con el extremo de su bastón camina torpemente. El sonido de la bola blanca al golpear cada esquina inunda el lugar.

<<Alicante>> repiten los labios del chaval en un murmullo.

El paisaje empieza a moverse lentamente cuando el tren retoma la marcha. Ya no hay apenas vaho en los cristales.

Unos mechones de pelo rojo asoman en tras la nuca de la que va empequeñeciéndose cada segundo.

Gira sobre sí misma y él vuelve a notar dos puñales sobre sus ojos.

Un escalofrío recorre su espalda.

 

Petite Mort

Dicen que existe un espacio refractario en el que, al llegar al orgasmo, algunas mujeres pierden el estado de conciencia. La petite mort.

Midiátrica, clava sus pupilas en las mías cuando el placer se lo permite. Veo en ella mi reflejo.
Noto su pulso acelerado al pellizcarle los pezones. Está ardiendo.
No se queja cuando le clavo los dientes en el cuello y acabo lamiéndole tras la oreja. Sólo jadea y agarra las sábanas entre sus dedos con fuerza como si fuese a despegar al soltarlas.
En su nariz todavía quedan restos de la coca que se ha esnifado encima de mi rabo. Se la quito de un lametón.
Me hace una herida en el labio al besarme. Sabor metálico. Sabor a látex.

Inspiro. Penetro. Espiro.

Temblando, me rodea con las piernas y hace que me quede dentro. Contengo la respiración.
Voy a estallar.
Agarro su cabeza con mis manos. Mis pulgares casi llegan a cubrir su cara entera. Entre los dedos, una boca entreabierta. Entre sus piernas un segundo más sin respiración.

Inspiro. Me corro. Expira.

Dicen que existe un espacio refractario en el que, al llegar al orgasmo, algunas mujeres pierden el estado de conciencia. La petite mort.

Cinco personas dentro de la habitación. Un flash sobre la bolsa de la mesita. Un teléfono descolgado. Dos pupilas que se encharcan. Una denuncia por posesión.
Hora de la muerte: 04:35.

La lluvia moja por igual

Seguí sus pasos, cauteloso, hasta la parada del autobús.

El cielo estaba encapotado y las manecillas del reloj caminaban con tedio, siguiendo aquella senda circular que las conducía una y otra vez al lugar de partida.
Ella, inquieta, oteaba el final de la calle mientras sostenía entre los labios, desmaquillados, la boquilla de un cigarro que se había consumido totalmente.
Cuando empezó a lloviznar se colocó con cautela bajo el techo de la parada.
“Jamás entenderá lo que es un paraguas”, me dije a mí mismo en una media sonrisa.
En la lejanía, se dibujaron dos círculos amarillos que sostenían un letrero luminoso ilegible.

Cuando llegó el autobús, crucé la calle y entré por la puerta trasera sigilosamente. Cubriéndose con un diario mal doblado, bajó una mujer que ni siquiera reparó en mi presencia dejando aquel pasillo con asientos adosados vacío, para ella y para mí.
Me senté en la última fila, acomodando mis pies en el asiento que tenía frente a mí.
Ella, como de costumbre, pagó su billete cruzando una amable sonrisa con el conductor y se quedó de pie, junto a la puerta.
El viaje transcurrió en un profundo silencio. No podía dejar de mirarla, de observar su mirada sobre las líneas de la carretera que pasaban raudas y simétricas mientras mantenía sus pupilas, fijas, en un horizonte inexistente.
Sin levantar la mirada, ya escapando de aquel baile de luces en el que nos sumergía la ciudad, pulsó el botón de parada haciendo que un neón rojo iluminase el lienzo gris en el que nos estábamos dibujando.

Bajó el escalón tras hacer un ademán de despedida al conductor, colocando con las dos manos el sombrero sobre su cabeza, notando cómo las gotas de lluvia repiqueteaban contra su nariz a medida que avanzaba.
Anduvimos un rato bajo la lluvia, hasta que paró frente a un puestecito, apenas iluminado para comprar algo que rápidamente, metió en su cesto.
Pronto, llegamos ante aquella puerta de metal oxidado que parecía sollozar con cada golpe de aire y nos adentramos en el galimatías de pasillos que se abría paso a cada lado del lugar.
Caminó unos minutos hasta que se detuvo sobre una gran piedra de mármol pulido en la que puede adivinar algo escrito.
Sacó de su cesto un pequeño ramo de flores que se empaparon al mismo tiempo que lo hacían sus ojos.

“Quién necesita flores cuando está muerto”, me dije a mí mismo mientras veía su sombrero desvanecerse de nuevo a través del velo que habían creado la lluvia y otra amarga despedida.

 

Jack

Cuando noté mi cabeza aplastada contra el salpicadero no llegué a comprenderlo del todo. La emisora estaba mal sintonizada y el reloj digital marcaba las 08:02.

Esa mañana había estado llorando como de costumbre desde que Julie me abandonó. Mentiría si te contase que no lo había hecho ninguna vez cuando todavía vivíamos juntos. A ella no le haría gracia que explicase todo esto pero ahora parece carecer de importancia. A veces nos sentábamos en el sofá, el uno frente al otro y llorábamos hasta quedarnos secos, sin articular palabra. Vacíos.

Conozco a tipos como Jack que dicen no haber llorado nunca. No me creo ni una sola palabra.

Mi padre me enseñó desde pequeño que como el comer o respirar, llorar era necesario para sobrevivir. Tardé tiempo en aprender que llorar era necesario, incluso derramé lágrimas por miedo a llorar.

Papá, creo que al final lo conseguiste.

La tía Marcie me contó que te marchaste lejos para encontrar un trabajo que te permitiese pagar mi manutención. Espero que te esté yendo bien dondequiera que estés; quiero que sepas que estoy orgulloso de ser hijo tuyo.

Noto mi cabeza aplastada contra el salpicadero y  no llego a comprenderlo del todo. La emisora está mal sintonizada y el reloj digital marca las 08:02.

El hombre de la perilla que me está poniendo las esposas, la mujer que me mira con las pupilas encharcadas llamándome hijo de puta y degenerado, el niño al que abraza, el peatón que cruza y se detiene a curiosear, la tía Marcie; Jack.

Contra el capó; esposado y todavía con los pantalones por las rodillas. Hace frío y todavía tengo lágrimas en las manos.

Tía Marcie dice que mamá quiso llamarme Jack pero tú te empeñaste a que me llamase Brian como el abuelo.

No te enfades papá si cuando volvemos a vernos te digo que sigo sin comprenderlo del todo.

 

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